En los Farallones de Cali se siente el rugido de la conservación
Cámaras trampa confirman la presencia de pumas y otras especies, evidenciando la riqueza natural de la Capital Mundial de la Biodiversidad
El reciente avistamiento de un puma por parte de caminantes en límites entre los departamentos del Cauca y Valle del Cauca volvió a poner en el centro de atención la presencia de este felino en el suroccidente colombiano. Más allá de la sorpresa, el hecho despertó admiración y renovó el interés por la biodiversidad que habita en los ecosistemas que rodean a Santiago de Cali.
La presencia del puma, también conocido como león de montaña, no es un hecho aislado ni reciente en la capital vallecaucana. Por el contrario, representa un símbolo de identidad ambiental y un indicador positivo del estado de conservación de los bosques, especialmente en los Farallones de Cali, una de las zonas de mayor riqueza natural del país.
De acuerdo con Lina Marcela Botía Muñoz, directora del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente (Dagma), desde 2025 se adelanta una alianza de investigación con el Instituto Alexander Von Humboldt y Conservación Internacional, que permitió la instalación de 120 cámaras trampa en áreas de protección y conservación administradas por la autoridad ambiental.
Estos dispositivos, que incorporan herramientas de inteligencia artificial para el monitoreo de fauna silvestre, han registrado 6.310 eventos de mamíferos, incluyendo especies sombrilla como el puma. “Estos resultados demuestran que el bosque caleño está vivo y que las estrategias de conservación están dando frutos”, señaló la funcionaria.
El valor de este trabajo científico se fortalece con la participación de las comunidades rurales, como en el corregimiento de La Leonera, al occidente de Cali, cuyo nombre tiene origen histórico en la presencia del puma. Según relatos comunitarios que se remontan a 1880, colonos que llegaron a la zona se encontraron con una leona y sus cachorros, hecho que quedó grabado en la memoria colectiva y que hoy, más de un siglo después, sigue rugiendo como símbolo de conservación y vida.




