Cada lluvia, un nuevo corte: el drama del agua en Ibagué
Ni el Cocora ni la ‘obra del siglo’ han resuelto la histórica dependencia del Combeima.

En Ibagué, abrir la llave y no encontrar una gota de agua se ha vuelto rutina. La administración municipal presentó la entrada en operación del acueducto del río Cocora como el inicio de una nueva era de suministro constante y seguro, pero la realidad contradice el discurso oficial: el agua sigue faltando y las interrupciones se multiplican.
La alcaldesa Johana Aranda aseguró que la capital tolimense dejaría de ser “Combeima-dependiente”. Sin embargo, basta con que una lluvia caiga en la cuenca de ese río para que el sistema colapse, el material de arrastre bloquee la captación y miles de hogares vuelvan a quedar secos. Nada parece haber cambiado frente a un problema que acumula décadas de frustraciones. El pasado jueves 4 de septiembre de 2025 fue una prueba más: tras las lluvias de la madrugada en el Cañón del Combeima, la bocatoma se vio afectada por material de arrastre y el IBAL debió ordenar el cierre preventivo. Aunque la empresa intentó restablecer el servicio con celeridad, miles de familias sufrieron la afectación: algunas hasta el mediodía y otras incluso hasta el día siguiente tuvieron que esperar a que se normalizara el suministro.
El 7 de octubre de 2024, en el aniversario 474 de la ciudad, Aranda y la entonces gerente del IBAL, Erika Palma, inauguraron el llamado “Segundo Acueducto”, promocionado como la “obra del siglo”. Con 42 kilómetros de tubería, 17 viaductos y la promesa de aportar 1.009 litros por segundo desde el Cocora, se vendió como la solución definitiva. Pero hoy, con un nuevo gerente —Roberto Santofimio Varón—, los problemas persisten y la confianza ciudadana se erosiona.
Cansados de discursos y promesas incumplidas, los ibaguereños sobreviven entre baldes, tanques improvisados y planes de contingencia insuficientes. La esperanza de que el Cocora fuera el fin de la sed se diluye con cada corte, mientras el IBAL limita sus respuestas a recomendar tanques de almacenamiento. Una salida que más parece un reconocimiento implícito de que la “obra del siglo” aún no logra garantizar lo que debería ser lo mínimo: un servicio de agua digno y constante.




